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Posts Tagged ‘lágrimas’

Acomodando

julio 4, 2014 Deja un comentario

Voy acomodando sentimientos. Todo aquello que alguna vez sentí, hacia los que hace tiempo dejé atrás, hacia los que robaron mi corazón y no se dieron por enterados, y hacia los que hoy me miran con ojos profundos y sonríen cuando me hacen sonreír. No me tomo las cosas a la ligera. Escondo todo tras una muralla tan alta como yo, pero me olvido que mi altura es minúscula, y la gente puede atisbar fácilmente sobre ella, a pesar de que la construí ladrillo a ladrillo, paciente y cuidadosamente. Y yo pretendo no darme cuenta. Pretendo que las miradas y las sonrisas no son especiales y no son para mí, porque es más fácil reponerse cuando cambian de objetivo. Si me las creyera todas, iría dejando el corazón y la piel cada semana. Al menos así dejo ambos solo una vez al año – o dos. Debiera doler menos, el derrumbe de sentimientos acumulados, pero aún no estoy segura. Aún duelen las mariposas cuando desgarran interiores para abandonar la piel que las ha encerrado y alentado por un rato, o por más tiempo.

Pero hoy voy acomodando. Uno sobre otro, no para cubrir sino para complementar, para formar una sólida base – que no permita derrumbes catastróficos. Todos los dolores, todas las alegrías, todos los momentos inesperados. Las nostalgias también. Los enojos, las decepciones. Cuando mis sentimientos y yo lleguemos a un acuerdo sano y nos dejemos llevar de nuevo, estaré preparada, seré más sabia, sabré sentir de verdad. Mientras tanto, acomodo. Sano heridas, seco lágrimas y sonrío honestamente a quien intenta desesperadamente hacerme sonreír. Construyo sobre palabras, sobre acciones, sobre miradas, y también sobre ilusiones. No quiero dejar de soñar, de desear, de disfrutar. De sentir mariposas, de tomarte la mano, de reconocerte a besos. Quiero sentir, mirar, sonreír intensamente. Y cuando llegue el momento de llorar, si es que llega, quiero sentir que valió la pena y que lo haría igual todo de nuevo.

Un día cualquiera

julio 1, 2013 Deja un comentario

Hoy, un día cualquiera de abril, he tomado un par de decisiones importantes.

Hoy, un día cualquiera de julio, me he dado cuenta que son en verdad decisiones importantes.

Primera.

No debo conservar todo aquello que me trae recuerdos. No quiero terminar como la señora que me rentaba el cuarto hasta hace unos cuantos días, pendiente del uso y desuso de cada envase, envoltura y recipiente que entra a su casa, sea propia, ajena, de cartón o de plástico reusable. Queriendo conservar intacto el teflón de la sartén tanto como las fotografías de la pared, llenas de recuerdos lejanos y vidas pasadas.

He decidido vivir la vida recordando lo que se deje recordar y olvidando aquello que por algún motivo mis neuronas decidieron dejar ir. Haré una hoguera en mi imaginación, y quemaré los folletos de museos, las entradas de cine, los mapas del tren – bueno, tal vez no los mapas, las notas con mensajes ajenos dirigidos a personalidades académicas.

No necesito un mapa para recordar las aventuras de viajar sin boleto, porque recuerdo bien la angustia y las risas que llegaron a carcajadas cuando por fin huimos del tren en la siguiente parada. No necesito las entradas para recordar aquella película que no entendí, porque recuerdo bien que me vi reflejada y que decidí compartirla con mi mejor amiga. No necesito un folleto para recordar la sonrisa de la Mona Lisa, a pesar que las fotos se perdieron en la pila de rollos sin revelar – sí, fue durante la época de rollos y no de cámaras digitales y teléfonos celulares. No necesito un pedazo de papel para recordar a ese chico de la sonrisa misteriosa que alguna vez amé, porque recuerdo cada palabra escrita, pronunciada y entrecortada por los besos robados. Porque se entretejen los recuerdos, los sueños y los deseos con tanta facilidad que me asombra que no se sienta agotado de vivir tantas vidas conmigo.

Haré una hoguera y me desharé de todo aquello que quiero recordar. Y recordaré, así, al azar, de improvisto, sin guión ni objetivo.

Segunda.

Debo aprender a dejar ir. Temores, malas experiencias, amores no correspondidos. Todos estos pensamientos que revolotean sobre mí y que no dejan pasar la luz del sol y el brillo de las estrellas. Que no dejan llover ni agua ni café. Que se enredan en mis largos cabellos y ocultan a ratos lo que tengo justo enfrente.

Dejar ir los miedos y atreverse a dar el primer paso, y el segundo y el tercero. Porque tal vez no estés tú para darme la mano y continuar el camino pero no por eso dejaré de poner un pie frente al otro haciendo mi propio camino. Si nuestros caminos se cruzan más adelante, procuraré estar pendiente para sonreirte y decirte que la vida es buena. Porque de verdad lo es. Dejar ir los momentos difíciles y retener solo las enseñanzas, acumular resentimientos y pasarse la vida urdiendo venganzas es morir lentamente. Es acabarse una misma, sin propósito ni razón. Porque toda experiencia está en el pasado y aferrarse no me llevará a ningún lugar en el futuro, y no me deja vivir a gusto el presente. Dejar ir a esa persona que quiero tanto porque he cambiado las sonrisas de cada mañana por lágrimas saladas cada madrugada. Porque quiero las sonrisas de vuelta. Las palabras de vuelta, el misterio de vuelta. Porque si no dejo ir todo esto que siento, no seré libre para amarle si me da la gana, o para olvidar su nombre pasado mañana. Porque el instinto de conservación y yo no nos llevamos bien, y solo me hago daño.

Dejar ir, soltar amarras, decidir ser feliz.

Hoy, una madrugada cualquiera en una ciudad cualquiera, decido seguir en esta aventura, recordando sin ataduras y dejando ir lo que me retiene, para avanzar a mi propio ritmo, para hacer camino al andar.

Pensando en dejar de pensar

noviembre 2, 2012 Deja un comentario

He pensado mucho estos días, sobre el pasado, sobre el presente, sobre las infinitas posibilidades del futuro. Sé que pienso demasiado, sobre todo, lo que pasó y lo que pudo pasar.  Y lo que no pasará jamás.

En estas fechas pienso en las tradiciones, en lo que dejé, temporalmente, atrás… en los que me dejaron permanentemente atrás hace mucho mucho tiempo. Pienso en mi abuela, la que conocí mejor, y mis ojos se llenan de lágrimas irremediablemente. ¿Qué hace el tiempo con los recuerdos, con los sentimientos? Sonrío entre las lágrimas, sé que ella preferiría verme reír a verme llorar, pero es que ella se fue cuando yo no estaba cerca y !aún me lo reprocho! Mi parte racional, la que domina, la que piensa demasiado sobre pensar demasiado, me dice que la distancia no hizo ninguna diferencia para ella, que ella me recordaba como una niña pequeña y no como la mujer que aún estoy en proceso de ser… pero mi parte no-racional, que se esconde la mayor parte del tiempo y surge cuando menos la espero, no acepta estas declaraciones y cree firmamente que mi lugar estaba con ella, con mi madre, con mi familia. Y me pregunto si ella me perdona ahora que es libre de las ataduras del olvido. Me pregunto si ahora ella me recuerda, si cuando mira mi rostro lo conecta con mi nombre. Dejo salir sentimientos profundos lejos de casa. Me permito recordar mientras compruebo que mis lágrimas saben a sal, incluso en esta ciudad de lluvia permanente. ¿Qué me ha llevado a escribir sobre algo tan cargado de sentimientos mientras pensaba en lo mucho que pienso? Mi abuela debe burlarse de mí un poco mientras sobre mi hombro me mira escribir. Escogí las letras sobre los números, aquellos que me hicieron llorar una vez cuando mi abuelo intentaba comprobar que sabía sumar y restar. Ahora río al recordar la escena, mi abuelo hablando al aire como lo hacía siempre, mi abuela contestando e intentando consolarme y demostrarme que en realidad no era tan difícil. Que la vida puede parecer extraña y complicada, pero si no vas y la vives, no podrás comprobar que lo extraño vive en tí desde el principio y que lo complicado es la suma de pequeños detalles y momentos que tienen un mejor sentido cuando se mezclan, se entrelazan y se funden.

La inspiración viene de los lugares menos pensados. Pensaba en mi manía de sobre-pensar las cosas. Acosaba nuevos y viejos amigos sobre cómo hacer para no pensar tanto sobre cosas que es mejor sólo sentir. Leía a Marx a través de cuestiones de propiedad de la tierra, leía palabras lanzadas a la inmensidad del espacio virtual sobre la presencia de seres queridos que se han marchado y leía sobre cómo los recordamos en mi tierra (que ahora intento mirar con otros ojos, mejores y más sabios). Y mi sabia abuela, a quien extraño tanto, vino a soplarme al oído un par de sabios consejos mientras mis ojos salados miraban caer una tarde diluída en lluvia.

Me tomaré un momento hoy para descubrir la belleza en lo complicado, en lugar de pasar horas pensando en los detalles e instantes que esta semana ha dejado en mí. Me tomaré un momento para sentirte intensamente, en cada poro de mi piel, en las mariposas que han vuelto a mí, en el dragón que vive escondido bajo mi piel. Me tomaré un momento para sonreír ante los recuerdos que voy tejiendo y que puedo plasmar ahora que las palabras han vuelto a mí.

En la distancia…

diciembre 26, 2011 Deja un comentario

Eres uno más… un rockstar más de los muchos que han pasado por las trampas del dinero y de la fama. Casi perdiste la voz, casi… Entre la música y las drogas, fuiste uno más de los que desvariaron, de los que abandonaron. De los que nos dejaron solos entre las letras y los sonidos. Porque aquello era demasiado, porque había que reinventarse. Eres uno más de los demás. Y sin embargo. En lo más alto del templo de los recuerdos olvidados y los sueños frustrados, esa noche me senté… y lloré al oir tu voz prestada cantando una canción sobre la distancia.

Y te han olvidado

octubre 21, 2011 3 comentarios

Rostros e historias

abril 1, 2010 4 comentarios

Una, dos, diez… tal vez veinte o veinticinco. La memoria me falla en esos detalles. Los rostros similares, no porque fueran del mismo lugar sino porque sufren de lo mismo. La angustia y el miedo no perdona raza o sexo. Ni la edad. Todos habían huido. Todos seguían huyendo. Del horror, de la vida.

¿Y yo? En este lugar de frontera yo era una extraña, una intrusa en el dolor. Más extranjera que ellos mismos. No pude ni siquiera compartir las lágrimas de la señora que se acercó a mí pensando en usar el vínculo que tenía: entrar y salir de aquella pequeña oficina a mi antojo. Me cerré por dentro mientras ella se desahogaba con mi pequeña grabadora. Y los rostros a mi alrededor hacían de cuenta que aquello no sucedía. Ni esa vez ni nunca.

Historias similares todas. La señora de 60 años, la chica de 20, el señor de 35. Salir de la casa en noche cerrada y rogar al cielo que los gallos no canten ni los perros ladren. Que las nubes dejen pasar la luz de la luna lo suficiente para ver, pero no para ser vistos. No encontrarse a nadie en el camino. Prometer oraciones a todos los santos para llegar a salvo. Dejar a los demás sean hijos, padres o hermanos sin saber qué les pasará. Si es que los volverán a ver algún día antes de llegar al más allá. De donde uno no vuelve nunca. Donde tantos han ido ya en esa parte del mundo. En una guerra en donde todos son los malos y nadie es el bueno. No hay héroes ni segundas oportunidades. Donde los que sufren son los que quedan en medio, el pueblo, los niños, los indígenas milenarios. Que estuvieron ahí antes que el viento, antes que aquellos inventaran la guerra. Inventaran a un dios e inventaran las armas. Inventaran las drogas.

Ciudad tras ciudad donde todos conocen los caminos pero no los recorren. Donde todos hablan como ellos… hasta llegar a un lugar donde no lo hacen más. Y los miran extraño, con rencor y con algo de temor, sólo por hablar así. Por vestir así y por buscar que una palabra que sólo encuentras en un diccionario humanitario los defina. Los ayude, los salve. Les de un futuro con el cual soñar.

Mientras que otros repiten sus pasos y sueñan sus sueños yo estoy sentada entre cuatro paredes, con una vida ajena esperando por mi afuera; entre veinte, cinco, dos personas con rostros e historias similares. Que intento conocer. Comprender.

Para poder contar su historia. Algún día. Cuando deje de soñar. Cuando pueda recordar.

Hasta pronto

febrero 25, 2010 Deja un comentario

Una a una observé caer las hojas de los árboles. Uno a uno se fueron acumulando los copos de nieve en mi ventana.

Paso las páginas de un libro. Recuerdo donde estaba cuando leía, cuando escribía, cuando imaginaba. No quiero despedirme pero la vida me obliga a decir adiós. Una a una a las personas que han influenciado mi vida, que han acompañado mis pasos.

¿De qué sirven las palabras cuando se dicen a la nada?

Un cuaderno vacío espera por mí. Una página en blanco grita desesperada mi nombre. Y yo me resisto. No me gustan las despedidas. No quiero dar vuelta a la página.

El sol ha salido. Noche en vela intentando resumir en una frase, en un poema todo lo que he vivido contigo. No puedo. Aún no te siento ausente. Aún no te he dicho adiós.

Pero las palabras han de fluir. Una a una las hojas del árbol asomarán de vuelta aunque no esté aquí para observarlas. Uno a uno seguiré mis pasos hacia un nuevo horizonte, un nuevo destino. De tierra caliente, donde me sentiré en casa. No me despediré entonces, no diré adiós.

Nos volveremos a encontrar, antes de la siguiente nevada, antes que el cuaderno desborde palabras.

Hasta pronto a los amigos, a los lugares, a los recuerdos.

Sé que estarán ahí cuando mis dedos se encuentren inquietos por contarme las historias que hemos vivido. Cuando mis labios decidan hablar este idioma extraño. Cuando las imágenes me lleven de vuelta a memorias congeladas en el tiempo. No prometo mantener la verdad. Mi mente me dicta palabras que muchas veces no tienen orden y sentido y se mezclan con alguna realidad o con muchas de ellas. Y el resultado es algo como esto. Prometo por el contrario, sonreír cuando los tenga de vuelta… y permitirme una lágrima de añoranza en lo que el tiempo es tiempo.

Hasta pronto entonces y buena suerte.

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