Despertar
Hace tiempo que no vierto el alma en dibujos de tinta sobre un papel en blanco. Ni que mis dedos transmiten emociones a través de un teclado polvoso. ¿Por qué será que cuando te tengo a mi lado las palabras se confunden con los sentidos y los sentimientos con los pensamientos?
Cada latido de mi corazón me dice que esto no es cierto. Que es solo un largo sueño del que he de despertar pronto. Y es un sueño al que mi alma querrá volver siempre. Siempre. Pero aún es de noche. Aún quiero soñar este sueño un rato más. Una vida más.
No me dejes despertar. No todavía.
Pero me empujas a la realidad.
Adiós entonces. No te preocupes, no volveré más.
Olvidaré que esto fue cierto, olvidaré que te olvido.
Desempolvaré la tinta, dibujaré sobre el teclado en blanco.
Nieve
Después de veinte años nos volvemos a encontrar, nieve y un bello paisaje nevado… gracias por devolverme tantos recuerdos. Y no tardes tanto en volver de nuevo.
Tikal
Sólo puedes mirar arriba, al cielo, y admirar lo que nuestros antepasados mayas dejaron como evidencia de su paso por esta mágica tierra.
Palabra
Busco una palabra en el diccionario polvoso de mi subconciencia. Es una palabra mágica, que iluminó los días más oscuros de mi infancia. Repaso volúmenes enteros de recuerdos, los que se encuentran a la mano, recuerdos felices, recuerdos dolorosos, pero que están siempre presentes. En mis historias y en la historia de la familia. Esas anécdotas que se cuentan en las reuniones, y cuando algún amigo quiere descubrir alguno de los más vergonzosos secretos de cuando aún no era quien soy ahora.
Pero la palabra que busco no está en ediciones ligeras, recuerdos para salir del paso. Tengo que adentrarme un poco más, romper las cadenas que la mente temerosa ha puesto por voluntad propia. Ediciones pesadas, en pasta dura, imposibles de mover. Bajo las cuales seguro existen recuerdos que prefieren no ver jamás la luz del día. Ni de la noche.
Tal vez estoy en la sección equivocada. No es sólo un recuerdo. Tal vez sea un invento. De esos inventos que inventan los niños solitarios, que se encuentran aburridos de leer siempre las mismas palabras en los mismos libros de texto escolares. Que han sido reprendidos por asaltar libreros ajenos con lecturas que exaltan imaginaciones no controlables. Ni a esa edad ni nunca. Libros que desaparecieron misteriosamente, dejando espacios que se cubrieron de polvo con el paso de los años.
No sé. O quizá fue una palabra inventada por una madre preocupada por las pesadillas recurrentes que entraban por la ventana para espantar los dulces sueños que deben soñar las niñas que se portan bien. Horas y horas robadas al sueño para adormecer a una pequeña que no quería volver jamás al país de los sueños porque era siempre donde los peores temores se cumplían. Y se repetían. Algo tuvo que inventar para hacerme dormir de nuevo. Algo tuve que creer para convencerme que nadie quería robarme la vida mientras dormía. Ni mis juguetes.
O fue una palabra en un idioma extraño, que la primera amiga que tuve en el mundo me dijo para que nunca la olvidara. Y aún no la olvido. Once vidas he vivido desde entonces, y aún nos veo luz y sombra, mano con mano recorriendo los pasillos de la escuela aquél último día de despedida, de ese país extraño que nos quería pero no nos quería dentro de sus fronteras. O frontera, porque en realidad sólo tiene una, hacia el sur maldito que le da de comer, que le limpia sus casas, que educa a sus hijos. Que ahora hablan también mi idioma.
Palabra. Magia. Palabra mágica.
¿Qué fue de tí? ¿Dónde te escondes?
A B C D …
W X Y Z
Mi diccionario no me da ninguna respuesta. Ni mi conciencia.
Y la subconciencia me ha pedido que la deje tranquila.
Así que tendré que pedirte que te inventes una nueva palabra, para tí, para mí, para el recuerdo… y me la dejes envuelta bajo la almohada cuando sea la hora en que debas marcharte.
Luz y vidrio
Luz que logra colarse y diluirse a través de los colores de un vitral en la iglesia de Altenberg, Alemania.
Ausencia
Y no sé que hacer.
Te observo y la tarde cae. Hojas que escapan del árbol que las ha cuidado todo el verano.
¿Te hablo? ¿callo? ¿me escondo? ¿grito?
Una fotografía me dice que aún no te has ido, que tu cuerpo sigue conmigo. Pero el eco de esta habitación no miente, tu presencia es ausencia, silencio que rebota en estas cuatro paredes y taladra cada uno de mis sentidos. Y juego a cerrar los ojos, a darte la espalda. A dejar de respirar.
Uno, dos, tres, diez, veinte…
¡Aire!
Si es que suspiras, me robas el alma.
Me miras sin mirarme. Ya es de noche. Te desvaneces en la oscuridad y el viento que sopla ahí afuera, en la ciudad que impaciente espera que abras la puerta y te marches.
Miro la fotografía. No estás más ahí.
Han pasado los años. Tu ausencia es presencia en mis recuerdos. Y no sé que hacer.
Sólo puedo extrañarte.
Y dejarte una rosa donde descansan tus cenizas.
Cuando vuelva a casa… algún día.
Mujer y un castillo
Guardiana de un castillo que ha visto pasar la historia y ha sido parte de la historia: guerra, soldados, escuela, niños… en Köningswinter, Alemania.
Trópico de Cáncer
¡Ahí arriba! Explicación sobre los equinoccios y solsticios en el monumento en el Trópico de Cáncer en San Luis Potosí, México.
Otoño
Cada vez amanece más tarde. Y es más fría la mañana.
Luna llena que sigue mis pasos por una calle vacía de una ciudad dormida. El eco choca con puertas y ventanas cerradas, y luces inciertas alumbran mis sentidos. Mi respiración se eleva en forma de vapor hasta perderse entre las ramas bajas de los árboles. Las hojas parecen más amarillas, más rojas.
Otoño. Un par de semanas. Tal vez dos.
Y ha llegado el invierno.
De pronto, sin aviso. Se ha instalado en las calles, en los parques, en los corazones.
Pero al final llego a casa.
Aquí aún hay vida, somos ajenas a la ciudad que se retrae, que se esconde bajo las hojas de los árboles, olvidadas por el otoño. El frío se cuela por las ventanas, invade sin permiso las habitaciones. Pero no nos define, no nos inquieta.
Esta ciudad es nuestra, otoño, invierno, frío, lluvia.
Al final volverá la primavera.
Sed
Camino sola por la orilla de un mar oscuro. Las olas danzantes llegan hasta mis pies, en un pobre intento de hacerme compañía. Escucho mi nombre susurrado por el viento, ahí muy lejos, a través del mar.
¿Alguna vez le has contado tus secretos al viento? ¿Le contaste sobre mí, le dijiste mi nombre?
Mis pensamientos están ahora llenos de recuerdos sobre tí, creo que te has puesto de acuerdo con el viento para que me hable al oído sobre tí. Y con el mar, pues alguna vez tú me lo dijiste. Que desnudaste tu alma, que desnudaste tu cuerpo.
Y es ahora el mar quien me acaricia lentamente, quien me invita a conocer sus profundidades. Para poder sentirme como tú me sientes. Para imaginar que estoy contigo.
Pero yo sigo caminando, ignorando al viento susurrante, al mar incitante.
Sed.
Lluvia.
El viento me conoce. Caen gotas de nubes nuevas. Una, dos, veinte, mil. Gotas frías, que buscan saciar mi sed. Y sigo caminando. Con los brazos extendidos y el rostro hacia el firmamento. Esta lluvia es perfecta. Cortina de agua, sin destellos de luz, sin quejas del cielo.
Tantos recuerdos.
De mi soledad escondida tras un árbol, esperando el momento oportuno para volver a mi lado: cuando tus labios se separaran de los míos, cuando el viento dejara por fin de contarme tus secretos, cuando el mar una noche se secara, cuando por fin mi sed de tí se saciara.
Vuelvo ahora sobre mis pasos. Aún es de noche y llueve. Aún me llama el viento, aún existe el mar.
Sed.
Tú.
Sueño de un recuerdo
Camino de noche por aquel desierto de arena suave y colinas exageradas que leí alguna vez en un cuento sin final feliz. A mis espaldas, una luna tímida intenta conducirme de vuelta a casa pero mi sombra se traga en silenciomis pasos.
No sé aún si es un sueño, o algún recuerdo suicida.
Busco sin encontrar algún refugio de este miedo no animal. Que ha roto mi valentía de papel, que se diluye en mi humanidad. ¿Quién se atreve a no ser cobarde, dentro de los laberintos oscuros de la mente propia? ¡Confieso mi falta de valentía! Esta noche quisiera correr y llegar a un lugar no dibujado por mi memoria, a un lugar inmaculado como la primera página de un cuaderno en blanco.
No existe otro lugar en este lugar. Arena infinita, reflejo de estrellas. La luna ha aceptado su derrota momentánea y se escabulle tras la única nube que se encuentra en el cielo. ¿Qué hago yo con este silencio? ¿A quién culpo de esta soledad? Y decido correr sólo para poder escuchar la sangre que corre por mis venas, al corazón desbocado suplicando una razón que lo haga detenerse para siempre.
Caigo, como debía pasar según el libreto de mi causalidad. Y mientras caigo me doy cuenta que nunca debí aceptar ese libreto, debí haber exigido más casualidad, una luna llena, un manantial.
Duermo sin soñar.
¿Qué es lo que sueña un condenado a muerte?
¿y el que lo ha de matar?
Debo despertar, aún no amanece, hay horas que aprovechar.
En este desierto temo encontrar, a un niño pequeño de otro lugar y que un borrego quiera para poder domesticar. Una rosa lo atormenta desde tiempo atrás, y yo ¿qué podría ofrecerle si es que no sé dibujar?
Una sonrisa se dibuja en mi rostro. Ahora estoy de nuevo en pie ¡sueño en verso! Culpo a la luna ausente, a las estrellas reflejadas en cada grano de arena. Doy vueltas en perfecto equilibrio, no sé por qué he caído antes. Cierro los ojos. Giro, giro, giro. Como si lo hubiese planeado, una melodía brota de mis labios. Una canción de cuna, para un niño pequeño, que nunca llegó. Que nunca llegará. Y aún estoy girando.
Abro los ojos. Amanece.
Lágrimas de vida, el desierto no es más un desierto. Pasto, flores, árboles que crecen mientras observo. Alto, alto, hasta el cielo. Que suben mientras sube el sol. Se han alimentado de recuerdos.
Te veo a lo lejos, silueta contra el sol.
Me llamas. No recuerdo si ese es mi nombre. No soy valiente, no soy cobarde. ¿Quién soy yo sin recuerdos, sin luna, sin desierto? Mi sombra ha llamado al viento. Te acercas mientras me envuelve, mientras me penetra, cada poro, cada suspiro. Un abrazo, del viento, tuyo. Me disuelvo y todo se disuelve conmigo. La luz, el bosque, mi sombra, tú.
Somos polvo de desierto, arena de un sueño, de un recuerdo suicida.
¡Despierta!
Tal vez esté escrito ahora un final feliz.

